¿Por qué viajamos con nuestra bebé?

Algunos de nuestros

Hubo un día en que adoramos viajar. No nos importaba hacerlo de la forma más perroflaútica posible, encontrábamos el encanto de un hostel lleno de surfers igual que el de un camping-playa, sin hacer ascos a un resort si se terciaba (que se terciaba poco), ni a un coche-cama nocturno. Compartiamos incomodidades y confort, duchas, comida, dinero y mil cosas en los diferentes caminos que emprendimos y no nos importó nada, siempre siendo felices con ello. Hablamos con mil personas. Viajamos en coche, en avión, en tren, en barco y andando. Hubo un día en que la aventura era gasolina de nuestras vidas. En que empezábamos a pensar el próximo viaje mientras esperábamos en la cinta a que salieran las maletas del avión que nos había traído de vuelta a casa minutos antes. Hubo un día en que vivimos con la vista en el horizonte. Hubo un día.

Luego hubo otro día. Quisimos ser dos y comenzamos a caminar juntos. Luego quisimos ser tres. Y fuimos tres. Y llegó la felicidad extrema, pero también llegaron las dudas implacables. ¿Tenemos que dejar de ser nosotros? ¿Dejar de hacer cosas? ¿Qué trote aguanta un bebé? ¿Por qué no puedo pensar un poco en mí? En general, estas dudas no te las siembra el bebito, pobrecico, él solo espera de ti que le des amor y le cuides mucho, pero no tiene ningún problema con tus aspiraciones ni con tus sueños. No le importa nada de lo que hagas si le invitas a acompañarte. El amor de un hijo bebé es lo más puro y desinteresado (por mucho que quieran pintárnoslos como pequeños dictadores chantajistas, esto es falso), lo único que quieren es estar con nosotros.

 

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A nosotros nos ha resultado infinitamente más difícil conseguir que Uve utilizase su silla de paseo, que darle vueltas allá donde nos ha dado la gana ir de escapada con su mochila de porteo.

 

En serio. No hay problema. Si amas viajar y amas a tu bebé: viaja con tu bebé.

 

Lo más importante que le puedes dar a tu bebito es tu propio ejemplo de felicidad, y tu propia determinación a cumplir tus sueños. Él o ella no es un obstáculo. Tu cabeza está llena de ellos pero no le eches la culpa al recién llegado que solo quiere que le enseñes el mundo. Tu mundo. El que sea. Si tu mundo no va más allá de la esquina a tres manzanas de tu casa, él estará conforme y tan agusto. Si tu universo no cabe en tu ciudad, o en tu país, no tengas miedo de llevarlo contigo a donde te lleven los pasos, también estará bien.

La única rutina realmente necesaria para un bebé es la de la seguridad del amor de sus padres, y está estrechamente relacionada con la felicidad de los mismos. Amas mejor cuanto más feliz eres. La felicidad te hace necesariamente mejor persona y por ende, mejor padre o madre. Esto no debería ser ningún secreto.

 

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No te encierres con tu bebé en una jaula de plástico esterilizado inundada de juguetes, electrodomésticos y botes de cremas. Sal con él y viajad ligeros. No dejes de ser quien te dicte tu corazón. Podrás cuidar de él y de su seguridad igual de bien ante cualquier reto, ante cualquier contexto, pero no podrás hacerlo deprimido o hastiado, agobiado por tu propia vida y el rumbo absurdo que tomó casi sin que te enterases.

 

Si eres un alma viajera, no te cortes las alas ante la maternidad/paternidad. Y si lo haces, no culpes a nadie que no seas tú de haberlo hecho.

 

No culpes a la sociedad, que te ha dicho que un bebé no está preparado para los kilómetros o lo que ellos consideran incomodidades. No eches la culpa a tu abuela que te ha dicho que en sus tiempos las cosas se hacían así, y por eso es la mejor manera. No señales a otros padres, que te dices “se acabó lo bueno”, “olvídate de viajar” y tanto blablablá. Si decides cortar tus alas, cúlpate a ti mismo, porque tuya será la única responsabilidad.

 

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Y si no quieres renunciar a tus sueños, no lo hagas y vuela más alto que nunca, ahora que tienes el mejor motor de todos. Lleva a los tuyos contigo y no tengas miedo, porque todos los problemas tendrán solución y la mayoría ni si quiera llegarán a ser un problema, pero lo que vas a ganar, lo que vas a compartir con tu peque, eso no se paga con dinero ni se entiende desde el sofá de casa.

Nuestra Uve ha ido a varios sitios con nosotros. Y los que le quedan. Su primer viaje por carretera lo hizo con tan solo 10 días. Lo único que nos pedía siendo tan enanísima era estar cerca de nosotros y mientras fue así, nunca hubo ningún problema. Ha sido mucho más fácil viajar con ella que dejarla en casa con personas que no fuésemos nosotros.

Y ella quizás no recuerde aquella visita a las murallas de Ávila, en la que por primera vez jugó entre las hojas caídas del otoño. Seguramente no recordará la primera vez que estuvo junto al mar en Cádiz, ni la primera vez que se bañó en él, el en Algarve. Es más que probable que la visita a Cuenca no se haya quedado para siempre en su retina, pero sus andanzas por los pinares de la Serranía sí que han quedado en la nuestra. Para nosotros todo aquello ya es tesoro inmaterial. Patrimonio del alma. Para siempre.

 

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No viajamos por ella para que aprenda nada sobre éste o aquel monumento, no viajamos con ella para enseñarle, ni para espabilarla, ni para agobiarla, ni por egoísmo ni porque lo consideremos importante para su desarrollo, ni porque nos creamos más guays que nadie por hacerlo. Lo hacemos simplemente porque ahora, somos un equipo y elegimos compartir nuestros sueños también con ella. Nos la llevamos de viaje sin más pretensiones que la de verla pasarlo bien, como lo pasamos nosotros. Para regalarle momentos y dejar que nos los regale a nosotros. Para compartir. No es tan diferente a lo que busca cualquiera.

Por eso no nos achantamos si hay que parar más veces en el camino, si hay que echar a la maleta algunos extras, si hay que aguantar alguna rabieta en ruta (en casa también las hay), si hay que hacer los horarios un poco flexibles. Observamos a nuestra pequeñaja y la vemos feliz, más cuando nosotros lo estamos. Por eso hemos decidido que vamos a recorrer el mundo con ella, mientras ella quiera recorrerlo con nosotros. Porque sabemos que algún día, por estas leyes tan conocidas de la vida, ella escogerá otros compañeros de viaje, y así habrá de ser. Y no querríamos que nos pillara ese momento con años desperdiciados en los que renunciamos a ser quienes somos, cuando nuestra hija nunca nos pidió que lo hiciésemos.

 

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Y nuestro patrimonio inmaterial de recuerdos de nuestra bebé aquí o allá, eso no nos lo podrá quitar nadie.

Aquellos días que pasaron tan rápido, y que fueron tan especiales, ahí se quedarán. Para siempre.

 

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